Lejos
Escribo haciendo un alto entre emoción y sensación para peregrinar en esta otra emocionante sensación. Lejos, a más de mil millas de casa. Perdida entre el mar, las dunas y el viento. Desvestida del don de la adivinación pero mirando y sintiendo para acabar viendo. Lejos de todo pero con todo dentro de mi.
Al alba, cuando parte del universo aún dormita, trepo a lo alto de un barranco embebiéndome en ese destello que desde el mismísimo centro del horizonte esboza una luz azafranada capaz de inundar con su espuma templada el paisaje más desértico.
Al derrumbarse la tarde, rebullen las entrañas y en un 4x4 recorro las inmensas dunas que me sitian, derritiendo los impulsos, sofocando el delirio del pecho, sudando las ansias. Y cuando la arena sobrevuela la comisura del vértigo, enderezo la dirección, freno en seco y regreso al mar para colmar todos sus vacíos. Y desde mi polvorienta piel hasta su diáfana y húmeda piel van deslizándose miles de granitos de arena blanca que quizás un día fueron dura coraza de algún ser vivo y que ahora erosionadas descienden por mis trémulas piernas hasta tocar fondo y adentrarse entre los dedos de los pies, cosquilleándome, elevando pícaramente la sonrisa del espíritu. Me sumerjo, buceo con el alma abierta, desbordada entre sábanas marinas con los seductores efluvios del océano que circundan todo mi ser y sus jadeos henchidos de insultantes ráfagas de aire.
Por las noches, con toda la piel ladeada hacia barlovento me amohíno cuando el flujo marino masculla con desdén y dejo salir desde todos los adentros una tórrida y húmeda brisa que me acorrala todos los afueras; desde la nuca hasta el alma pasando por el canal donde fluye mi propio mar, ahogándome en olas impetuosas que mueren orilladas en la arena.
Anoche la luna estaba creciéndose, se va acercando el plenilunio y con él, una turbadora oleada de baladas; mis ojos anhelan tactar esa noche radiante, dicen que la luna llena de septiembre goza del aura del sol y yo, aguardo esa lluvia de caricias de plata bañadas en oro.
Dejé sesteando algunos pensamientos, bajé o subí, o ambas cosas, no sé, tampoco importa demasiado. Llegué hasta un lugar donde al adentrar los sentidos se arrobaron las entrañas con la vibración de un piano de cola.
Un hombre labrado en sensibilidad, mimaba esas teclas, blancas y negras, graves y agudas. Él, con la mirada entregada al deleite, con los dedos acartonados aunque dulcemente afinados, dejaba danzar de puntillas sus curtidas yemas. Preñado el aire de ternura paría sin dolor su Memory y moría mi olvido, el que no puedo gestar. Nota a nota, roce a roce, los acordes abrazados a las teclas daban vida a cada vello de mi ser mientras un temblor sacudía al lozano recuerdo dejando el instante completamente erizado. Cerré los ojos, quería respirar el alma del sonido, y posada en el tiempo, con los sueños encaramados al cielo, volé, y colgué todas mis ilusiones en lo más alto del firmamento. La memoria, guía de mis aletadas, despertaba despacio, como levitando entre alientos, removiendo los silencios a fuego lento para no espesar su voz y sentirlos suaves. En la plenitud de ese instante los sueños balbuceaban sonrisas al ver como yo tejía los minutos, punto a punto, hebra a hebra, bordando el vuelo eterno.
Esta mañana paseé descalza a orillas del mar, aquí mis pisadas no crujen pero tampoco dejan huella. La marea seguía baja pero los instantes vividos seguían altos, en el altozano de la memoria. Recogí algunas conchas, una púa de erizo de mar, un par de piedras negras y un puñado de arena blanca. Solo son objetos pero cuando me aleje ellos me harán sentir muy cerca, dejarán que mis manos desnudas les paseen por cada uno de sus contornos para revivir el instante respirado en esta orilla, entrelazadas las sensaciones al corazón.
Ahora vuelvo a este lejos para seguir avivando y nutriendo la memoria con los miles de instantes sentidos y por sentir. Sin olvidar que todo lo que a ella queda adherido, a sus caderas, a sus piernas, a su pecho... es parte de mi, lo más importante de todo lo que habita en mi, mis santiamenes, mis sentires, mis recuerdos, acorazados por siempre. Los números son los únicos que escapan como peces escurridizos entre mis dedos, asumo que así no se pueden despejar incógnitas, las raíces son demasiado cuadradas.
Vuelvo a perderme en este atardecer donde las tormentas no destiñen su radiante luz, donde la brisa no se siente arrastrada sólo acaricia al dulce son de los latidos, sintiendo la musicalidad de la vida ; ahora voy aprendiendo a bailar bajo la lluvia del mar y la ojeriza del viento pero siempre arropada por las emanaciones del alma, ellas son capaces de ondear en mi bahía una sonrisa llena de cálidos matices. Marcho envuelta entre el sabor de la malvasía flameado en mi boca, la evanescencia de las fresias cabalgando sobre mi pecho y el fondo salino que fluye etéreo por mi piel.
Si pudiera desaparecer, perderme, sería a este lado del océano donde el viento sopla con ímpetu aunque sin arrancarte la sombra engendrada por la luz. Un viento desligado de la tierra, inalcanzable al quebranto, sin aversión a mis súbitos soplos, un endémico acunador de las cálidas arenas del desierto.
Y si fuera hija del viento y madre del fuego, si algo de luz chispeara de estos sentires tan candentes, soplaría y soplaría para prender tu alba cada día de nuestras vidas.








odys dijo
Así pues, cambiaste la bicicleta por el 4X4, y los vetustos adoquines de Salamanca por un mar de conchas milenarias, dunas de larga cabellera erizada por el viento, un destello de malvasía en el paladar. Tan lejos y tan cerca, qué son mil millas para quien sabe cómo tocar las notas que se alían en el corazón? Quizá sí eres hija del viento y madre del fuego, después de todo.
Kisses, a lot.
30 Agosto 2009 | 05:50 PM