Son ellas, las manos, las que a veces destilan el silencio emulsionado y otras, se desbordan con las burbujas palpitantes. Son ellos, los dedos que anidan en lo más alto del cielo los que picotean los sueños como gorriones hambrientos. Y son todas y cada una de ellas, las yemas ruborizadas por las caricias de las ilusiones las que penden entre el abecedario del alma y surcan las líneas de la vida.
Decidme vosotros, los dedos índices... ¿puede alguien amordazar los sueños del meñique izquierdo? ¿se puede decapitar el verdor del pulgar derecho? ¿puede la nieve enmudecer las ramas pobladas de tactos?
Y la luz del sol, puede quemar la piel pero... ¿puede abrasar al sentir que sueña despierto bajo la sombra de una palma?. Y el murmullo del viento, podría desgarrarlo todo pero... ¿lograría borrar las despuntadas huellastáctilares?. Y las olas del mar... ¿pueden ahogar el compromiso eterno anillado a las profundidades del firme anular?. Y la volcánica luna, ¿puede hacer enloquecer al silencio de las uñas astilladas?. Y las noches sin sol ni luna... ¿pueden apresar a los suspiros que escapan por los dorsos?
Dime, corazón, dime, dime... ¿podría la ausencia de la brisa detener los latidos espontáneos?.
¡Palpadme, cosquilleadme el alma entera y derramad ciento y un mil escalofríos sobre mi piel. Hacedlo y después, pellizcadme fuerte, muy fuerte, así sabré que sigo viva...!
Muchas veces escribimos porque para nosotros es una vía de escape pero a veces es necesario inmovilizarnos y quizás, dejar de buscar vías, dejar de escapar.
Caminamos apresurados con las yemas de los dedos repicando la espesura del otoño sin tan siquiera percibir el preludio de la nieve a ambos lados del oscuro teclado.
El alma ajena a la razón, monitorizada por miles de latidos se esconde al abrigo de unas cuantas líneas para purificar el exterior desde un recóndito interior. Y así, con los dedos descomprimimos la poesía, aligerando el corazón pero sobrecargando la razón hasta hacerla estallar para no sentirnos tan culpables, tan vacíos, tan patéticos.
Lanzamos al aire sentimientos pero no lo hacemos al azar, seamos nobles, la verdad es que deseamos que un soplo de suerte haga diana en algún corazón, para sentir que algo o alguien empatiza con aquello que fluye por nuestras venas.
Nos damos por entero sin esperar nada a cambio o eso creemos, eso decimos, pero engañamos y nos engañamos porque todos sabemos que hasta un perro reclama una caricia con la mirada cada vez que cariñosamente te lame una mano.
Nos faltan agallas para asumir y aceptar noes injustificados mientras nos sobran síes en la lengua para escupir y culpar al mundo de nuestra propia asfixia, asfixiándolo todo y a todos.
Y creemos que unos cuantos de miles de losiento van a reparar los daños causados en el camino, ese en el que perdemos puntos pero también la marcha atrás quedándonos prácticamente desnudos con tan solo un chaleco reflectante y con el freno de mano y el acelerador ; el primero te permite apearte y el segundo correr, pero..., queremos más y nos volvemos locos buscando y reclamando una palanca de cambios que es la que realmente nos deja circular sin ahogar el motor, reduciendo antes de entrar en una curva y acelerando en todas las rectas.
Nos llenamos la boca de humanidad y de principios cuando en realidad nos comportamos como autómatas que funcionan cuando tienen el motor bien engrasado. Y somos incapaces de paralizar nuestra maquinaria en beneficio de otros sacrificando nuestro egoísmo, ese al que excusamos en nombre del amor, en nombre del cariño.
Nos resistimos a los adioses mudos porque somos débiles y no soportamos el amargor de las ausencias en nuestras bocas y el repiqueteo del silencio en nuestras entrañas.
Deberíamos mirarnos de frente y usar la llave que pone freno a los arranques y darle media vuelta a esa tuerca oxidada que se resiste pero que con un corazón fuerte podríamos girar, sí, deberíamos hacerlo para ser justos con él, con el corazón, y poder darle el sitio que merece. Porque las palabras tienen sentido cuando las damos forma y cuerpo, es entonces cuando se convierten en hechos de carne y hueso.
Y no contentos con todo esto acabamos pluralizando nuestras acciones, nuestras palabras, para alivianar nuestros errores cuando en realidad debí ser sincera, debí ser correcta gramaticalmente y desde el principio debí escribir estas líneas en primera persona, en singular...
"Brota la mimbre desde las entrañas de la árida tierra. Retorciéndose con una espontánea erección extiende sus ansiosos miembros y con las yemas ateridas se despoja del invierno para alzar su alma y penetrar el aire hasta desgarrar el azul del profundo cielo. A dos centímetros de la piel alguien musita un blues... los desgarros se mezclan entre los ecos de un brindis de ron con un entusiasmado abrazo y unos cubitos de sonrisas...."
Sí, ya sé que faltan unas semanas para el turrón pero poniendo en práctica ese refrán que dice "No dejes para mañana lo que puedas hacer ayer..." pues eso.
Que a veces pienso, y que una no sabe dónde estará mañana, ni dentro de 15 días y mucho menos si estaremos en Navidad con el pavo o como un pavo.
Y que siempre es mejor decir hoy todo aquello que queremos y deseamos para no llegar a las puertas de San Pedro con un "debería haber...".
Así que... ¡Feliz Navidad y próspero 2010!
Pá por si acaso que no me olvide decir que se os quiere.
Rodamos sin ejes a través de dilatados caminos, sin asfaltar, sin señalizar, sin doble sentido. Con rumbo indefinido paseamos el tiempo empujados por el susurro yugado con un par de ráfagas de viento. Arrollamos con nuestros cuerpos los extensos campos de amapolas y sobre médanos carmesíes morimos embriagados por el humo que el opio de la noche nos derramaba en el centro del alma. Flotamos envueltos en la humedad del rocío de las nubes hasta extenuar los sentidos superpuestos en nuestras pieles desfloradas, polinizadas por y para siempre. Amanecimos la cerrada noche y clareamos el anochecido día cuando soñábamos con el crepúsculo de los campos salpicados de ababoles y de suspiros. Despertamos, con el depósito vacío y un largo camino para poder acariciar el trémulo horizonte pero una luz roja palpitaba, nos alentaba, la reserva infinita fluyendo siempre de nuestros manantiales.
Escucha, escucha..., están cerca, muy cerca, siento como los ruidos graves y agudos me atraviesan la piel.
¿Qué es eso?
Parece un lobo aullando, no, no, podría ser el ladrido de un perro callejero o... ¿una perra? ¿como yo? o... ¿será mi corazón el que aúlla?.
¿Y eso?
Creo que es un gato que maúlla...
¿Por qué? ¿estará en celo? ¿tendrá frío? ¿estará solo?
Lo más probable es que un desalmado le haya pisado la cola al pobre minino, pero también podría ser el maullido de mis entrañas o podría ser una mujer chillando, llorando o silbando o musitando su pena.
¿Un niño? O... ¿quizás es una hiena que no sabe si ríe o si llora? O.... ¿Será mi garganta ahogada en dolor comprimido?
Ah, no, espera, me parece oír a un León, este sí, ruge bien alto, con desesperación o puede que imponga su ley, la de la selva, pero es un rugido nítido, se parece tanto al de mi estómago, casi, casi, igualito a mis secas entrañas.
Parece como si el viento se entremezclara dentro de mis oídos y lo acabara enredando todo, hasta creí haber oído cadenas que se arrastran con esfuerzo por el suelo adoquinado.
No sé, creo que la única diferencia entre ellos es el nombre aunque también puede ser su salvaje forma de vida, o la alimentación.... no es lo mismo comer pienso que comer bellota, no es lo mismo ser ibérico que de recebo.
Y ese chirriar...
¿Nadie les dijo como engrasar las bisagras oxidadas? Quizás sea la propia madera la que cruje porque su vejez se esté abriendo en lamentos, es posible.... sí.
Ahora sí, esa es una mujer que corre y grita con desesperación, la debe perseguir algo o quizás sea alguien... a saber, lo mismo huye de su propia sombra, casos de estos se han dado por la noche, y por el día también.
Ese sonido no me ha gusta ni un pelo aunque de tonta tengo unos cuantos que me alcanzan con las puntas abiertas hasta el pecho.
¿Qué hace? ¿Se burla de mi?
Y... ¿Eso es un paquidermo rezongando?
Puede ser que tenga hambre y su exigencia quejumbrosa sea justa. Sí, debe ser eso.
No sé, estoy algo confusa... me siento como Dinia, la noche me confunde, me engaña con sonidos que no acabo de reconocer, los oigo pero no los escucho.
Espera, esa voz.... sí esa sí la reconozco es la voz del miedo pero no la oigo, que grite todo lo que quiera, no me asusto tan fácilmente.
Sus pisadas son delatoras, huellas grandes, oscuras y aullantes.
Parece que se lamenta ante la gallardía de mi sombra, sí, que grite hasta descoyuntarse las cuerdas vocales, no pienso ni inmutarme.
Bueno sí, está vez seré yo la que corra detrás de él y lo atraparé, seguro.
Un momento... siento algo a mis espaldas, no lo veo, no lo oigo, sólo lo siento...
Sí, es su cálido aliento, ahora sí, puedo escucharlo, aunque quizás no le oiga pero huelo la inmensidad de su alma, inconfundible...
Hola, oscuridad, mi vieja amiga; he venido a hablar contigo otra vez porque una visión, deslizándose suavemente, dejó sus gérmenes mientras estaba durmiendo y la visión sembrada en mi cerebro aún continúa dentro del sonido del silencio. En sueños interminables paseaba solo por estrechas calles adoquinadas; bajo el halo de una farola me levanté el cuello por el frío y la niebla, y mis ojos fueron heridos por el destello de una luz de neón que hendió la oscuridad y alcanzó el sonido del silencio. En la desnuda luz vi diez mil personas, o puede que más; la gente charlaba sin hablar, la gente oía sin escuchar, la gente escribía canciones que ninguna voz compartiría. Nadie se atrevía... a romper el sonido del silencio.
«¡Bobos! -les dije-, no sabéis que el silencio crecerá como un cáncer. Escuchad las palabras que podría enseñaros; tomad los brazos que podría extender hacia vosotros».
Pero mis palabras cayeron como silenciosas gotas de lluvia que resonaron en el pozo del silencio. Y la gente se arrodilló y rezó, convirtiendo al neón en su dios. Y el letrero emitió su mensaje con las palabras de que estaba formado. Y el letrero decía:
«Las palabras de los profetas están escritas en las paredes de los metros y de las chabolas».