Rodamos sin ejes a través de dilatados caminos, sin asfaltar, sin señalizar, sin doble sentido. Con rumbo indefinido paseamos el tiempo empujados por el susurro yugado con un par de ráfagas de viento. Arrollamos con nuestros cuerpos los extensos campos de amapolas y sobre médanos carmesíes morimos embriagados por el humo que el opio de la noche nos derramaba en el centro del alma. Flotamos envueltos en la humedad del rocío de las nubes hasta extenuar los sentidos superpuestos en nuestras pieles desfloradas, polinizadas por y para siempre. Amanecimos la cerrada noche y clareamos el anochecido día cuando soñábamos con el crepúsculo de los campos salpicados de ababoles y de suspiros. Despertamos, con el depósito vacío y un largo camino para poder acariciar el trémulo horizonte pero una luz roja palpitaba, nos alentaba, la reserva infinita fluyendo siempre de nuestros manantiales.
Escucha, escucha..., están cerca, muy cerca, siento como los ruidos graves y agudos me atraviesan la piel.
¿Qué es eso?
Parece un lobo aullando, no, no, podría ser el ladrido de un perro callejero o... ¿una perra? ¿como yo? o... ¿será mi corazón el que aúlla?.
¿Y eso?
Creo que es un gato que maúlla...
¿Por qué? ¿estará en celo? ¿tendrá frío? ¿estará solo?
Lo más probable es que un desalmado le haya pisado la cola al pobre minino, pero también podría ser el maullido de mis entrañas o podría ser una mujer chillando, llorando o silbando o musitando su pena.
¿Un niño? O... ¿quizás es una hiena que no sabe si ríe o si llora? O.... ¿Será mi garganta ahogada en dolor comprimido?
Ah, no, espera, me parece oír a un León, este sí, ruge bien alto, con desesperación o puede que imponga su ley, la de la selva, pero es un rugido nítido, se parece tanto al de mi estómago, casi, casi, igualito a mis secas entrañas.
Parece como si el viento se entremezclara dentro de mis oídos y lo acabara enredando todo, hasta creí haber oído cadenas que se arrastran con esfuerzo por el suelo adoquinado.
No sé, creo que la única diferencia entre ellos es el nombre aunque también puede ser su salvaje forma de vida, o la alimentación.... no es lo mismo comer pienso que comer bellota, no es lo mismo ser ibérico que de recebo.
Y ese chirriar...
¿Nadie les dijo como engrasar las bisagras oxidadas? Quizás sea la propia madera la que cruje porque su vejez se esté abriendo en lamentos, es posible.... sí.
Ahora sí, esa es una mujer que corre y grita con desesperación, la debe perseguir algo o quizás sea alguien... a saber, lo mismo huye de su propia sombra, casos de estos se han dado por la noche, y por el día también.
Ese sonido no me ha gusta ni un pelo aunque de tonta tengo unos cuantos que me alcanzan con las puntas abiertas hasta el pecho.
¿Qué hace? ¿Se burla de mi?
Y... ¿Eso es un paquidermo rezongando?
Puede ser que tenga hambre y su exigencia quejumbrosa sea justa. Sí, debe ser eso.
No sé, estoy algo confusa... me siento como Dinia, la noche me confunde, me engaña con sonidos que no acabo de reconocer, los oigo pero no los escucho.
Espera, esa voz.... sí esa sí la reconozco es la voz del miedo pero no la oigo, que grite todo lo que quiera, no me asusto tan fácilmente.
Sus pisadas son delatoras, huellas grandes, oscuras y aullantes.
Parece que se lamenta ante la gallardía de mi sombra, sí, que grite hasta descoyuntarse las cuerdas vocales, no pienso ni inmutarme.
Bueno sí, está vez seré yo la que corra detrás de él y lo atraparé, seguro.
Un momento... siento algo a mis espaldas, no lo veo, no lo oigo, sólo lo siento...
Sí, es su cálido aliento, ahora sí, puedo escucharlo, aunque quizás no le oiga pero huelo la inmensidad de su alma, inconfundible...
Hola, oscuridad, mi vieja amiga; he venido a hablar contigo otra vez porque una visión, deslizándose suavemente, dejó sus gérmenes mientras estaba durmiendo y la visión sembrada en mi cerebro aún continúa dentro del sonido del silencio. En sueños interminables paseaba solo por estrechas calles adoquinadas; bajo el halo de una farola me levanté el cuello por el frío y la niebla, y mis ojos fueron heridos por el destello de una luz de neón que hendió la oscuridad y alcanzó el sonido del silencio. En la desnuda luz vi diez mil personas, o puede que más; la gente charlaba sin hablar, la gente oía sin escuchar, la gente escribía canciones que ninguna voz compartiría. Nadie se atrevía... a romper el sonido del silencio.
«¡Bobos! -les dije-, no sabéis que el silencio crecerá como un cáncer. Escuchad las palabras que podría enseñaros; tomad los brazos que podría extender hacia vosotros».
Pero mis palabras cayeron como silenciosas gotas de lluvia que resonaron en el pozo del silencio. Y la gente se arrodilló y rezó, convirtiendo al neón en su dios. Y el letrero emitió su mensaje con las palabras de que estaba formado. Y el letrero decía:
«Las palabras de los profetas están escritas en las paredes de los metros y de las chabolas».
Llevo horas apelotonada, inmóvil, con una sensación extremadamente pastosa. Miro a mi alrededor pero todo está muy oscuro, como en un túnel pero sin una luz al fondo, no hay horizonte, no hay sol y tampoco luna. Sinceramente, no sé donde me encuentro pero es un lugar tenebroso.
Esto parece una absurda pesadilla porque yo creí que había despertado hace un buen rato y no. Tengo la mente ennegrecida, algún vestigio del día de ayer me recorre etéreamente pero son trazas muy endebles.
Recuerdo el aire que mecía mi silueta, mis labios acariciados por el rocío de la mañana y esa húmeda caricia del viento que erguía mi alma, enverdeciéndome toda entera, desde la raíz hasta el filo de la sinrazón. Ese olor que emanaba de mi piel, tan arrebatador, tan henchido de frescura, y ahora, no percibo ese olor, parece que mi piel esté descompuesta, podrida desde todos mis adentros, el hedor es insoportable, no me soporto a mi misma, me repugno y no vomito porque no tengo espacio, porque estoy apretujada Dios sabe donde.
Quedan escasos restos de fotogramas sonoros en alguna parte de mi memoria. Recuerdo el canto de los pájaros, el susurro del otoño a mis espaldas y... ese sonido tan extraño, tan socarrón, esos acordes onomatopéyicos penetrantes, berreantes, tan cargantes... Aún no he conseguido olvidar ese eco que avanzaba frente a mi, trapa trapa, trapa trapa..., era muy inquietante, yo solo veía borrones blancos y borrones negros, muchos borrones, y de repente, ¡uy!, ¡zás!, gluglú... ¿dónde estoy? ¿me acuna Morfeo?
Empecé a sentir un triquitraque indecoroso en todo mi cuerpo, sentía como la piel se desgarraba y una sangre cetrina se esparcía en una especie de cueva muy húmeda, con una bestia deslenguada que no paraba de azotarme, ¡zás!, ¡zás!, y un dolor tan intenso que me mareé por completo, quedé inconsciente porque tengo fama de ser algo blandengue, -aunque todos saben que me crezco con unas cuantas gotas de lluvia y que me cercenan con mucha frecuencia porque temen mis desbordamientos campales-, pero esta vez me siento muy machacada, en serio.
Después creo que recobré el conocimiento, eso creo porque aún hoy no sé de qué soy consciente. Solo sé que sentí el cuerpo como si me hubieran trasegado a dentadas, tris, tris, tris... una maldita sensación que no se la deseo ni a mis peores cardos borriqueros.
De pronto, glup, entré como en una espiral, vueltas, y más vueltas. Yo intentaba inútilmente agarrarme con uñas y dientes a las murallas pero eran demasiado resbaladizas, babosas, repugnantes, puagggg... todo fue inútil porque mi cuerpo flaqueaba, mi estabilidad estaba demasiado triturada y debilitada, sin esencia de mi.
Y, ¡cataplum!. Debí caer sobre el mismísimo infierno porque sentía un ardor indescriptible, como si nadara entre ácidos que terminaban por abrasarme entera, me revolvía entre olas de bilis, de babas, de yoquésé, es mejor no rememorarlo, es demasiado doloroso.
Y ahora, aquí estoy, quién sabe dónde...
¡Eh! Un momento, shhhh... me estoy moviendo, aquí pasa algo raro, las paredes se distienden, percibo ligeras contracciones, como si fueran movimientos peristálticos. ¡Uy! Estoy descendiendo, Dios me pille confesada. Uf, que me ahogo, qué opresión, me asfixio!!!
Prrrrrrrrrrrrrr...
¡Cataplúm!
¡Plofff!
Virgen Santa, pero qué hostiazo!!!.
Oh, pero se hizo la luz, al fin. No sé donde estoy, el desconcierto se ha apoderado de mi pero lo importante es que respiro, buf, qué alivio. Pero... sigo oliendo raro, no parezco la misma, no me reconozco. ¿Dónde está mi piel aceitunada? ¿y la firmeza de mi cuerpo? Me siento flácida, pestilente, ¿quién demonios soy?
-Shhhh...
¿Sí? ¿Quién eres?
-Soy los restos de tu voz interior.
¿Ah, sí? Y dime. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? Me siento perdida en la nada.
-Ya. Yo me sentiría igual que tú en esa pringosa situación. Estás en el campo, al aire libre, en plena naturaleza y sigues viva.
Sí, me siento, sé que estoy viva pero ¿Me he muerto y he resucitado?.. ¿quién soy?
-¿Todavía no lo sabes? No has resucitado, directamente te has reencarnado en un divinidad.
¿Soy una divinidad? ¿Cuál?
-Eres una divina y majestuosa boñiga, también conocida como estiércol, muy valorado por sus propiedades fertilizantes. Pero vamos, que eres eso, una divina caca de vaca, divina mierda que se dice vulgarmente. Y ahora, respira hondo y amóldate a la naturaleza, si puedes...
Ni puta gana de fluir, estoy atollada, con las venas momificadas y la sangre aglomerada.
Te levantas, buscas el sol a través de la ventana y ahí está, menos mal, un aliciente para ir a deshacerse en el trabajo con algo de luz templada aunque el cielo enseñe alguna nube dispersa y cabrona, parece que ni el cielo es perfecto, qué le vamos a hacer.
El primer pensamiento está vestido de él cuando te miras al espejo y ves ese brillo inconfundible en tus ojos. El segundo pensamiento es como un complemento más de ti, también de él. Acaricias con tus dos manos esa taza de café, humeante, con olor a tueste natural y ligeras trazas de torrefacto. Posas despacio tus labios resecados durante la noche sobre ese borde de vidrio empañado en vaho caliente y con timidez das tu primer sorbo. Ahí, en ese momento en el que tu saliva se fusiona con el café brota él en tu mente, es cuando dejas de ser tú y ya eres café, deslizándote lentamente por la garganta, esquivando las amígdalas para esquiar torpemente sobre el esófago y alcanzar la orilla del estómago. Un estómago vacío que brinca con el primer calor de la mañana, dentro de ti, aclimatando tu piel desde los adentros. Y mientras paseas tu dedo sobre las huellas que tus labios han imprimido en ese borde, el pensamiento sigue el vaivén de tu dedo en la taza y te arropas con un tercer pensamiento...
Y nada más, hoy soy incapaz de fluir, por mucho que me sienta café por dentro, por fuera soy como el agua, insípida y además encharcada... Hoy por lo menos.
Ah, y felicidades a mi hermanillo, hoy es su santo....
La semana estaba siendo extraña, el trabajo absorbiendo mi mente, mi tiempo y mi energía. La familia solicitando mis atenciones, los amigos protegiéndome en su mayoría aunque también había sentido la decepción de lo que creí que era amistad...
Y añadido a todo esto, el amor, mi amor por él, mis deseos para, por y con él. Mi despedida y ... ahora, me encontraba en ese instante en que quieres detener el tiempo, disfrutar de él y de ti misma, no pensar, solo dejarte llevar.
Me disponía a pasar una noche relajada y sensual con él, solo con él, una noche para olvidarme de todo, transportar mi mente a otro lugar y disfrutar de esos momentos mágicos y sensuales.
El baño caliente y relajante, esa espuma que acariciaba mi piel, el perfume dulce y sensual, el pelo desprendido sobre mi espalda... hasta conseguir acomodar todo mi cuerpo para esa noche de evasión total.
El salón en penumbra con una luz de suave y delicado anaranjado, respirando el delicioso aroma del incienso de ámbar que consigue dar vida a estos momentos. Las ventanas cerradas, no quería que ninguno de esos instantes escapara por alguna rendija, ni un suspiro, ni un gemido, todo debía permanecer ahí, conmigo.
Con el cuerpo cubierto únicamente de suave y resbaladizo satén, descalza y predispuesta a todo lo que esa noche iba a ofrecerme.
Abrí la puerta, allí estaba él, no sabía su nombre ni donde vivía, solo sabía que tenía que ser él. Me abracé a su cintura y le acompañé hasta el diván, me tumbé, observé su tono de piel tostada, le acaricié y me acerqué lentamente a él, mi alma clamaba su olor, sentir ese aroma que desprendía, esa mezcla de madurez y frescura que penetraba por cada uno de los rincones de mi cuerpo.
Acerqué mis labios a los suyos y sentí como todo mi cuerpo se estremecía. En ese instante el cosquilleo que se producía en mi boca provocaba un placer indescriptible, mis labios mojados, ardiendo, disfrutando de ese sabor único y especial que sólo él podía provocar en mi.
Recorría mi garganta, atravesaba mi estómago y llegaba hasta mis entrañas, ahí se alojaban esas mariposas que sensibilizan todo tu cuerpo, que te producen un maravilloso y placentero ardor.
Volví a acercar mis labios a él, necesitaba de nuevo sentirle en mi boca y dejar que recorriera todo mi cuerpo, que el vello de mi piel se erizara y se deleitara con esas estimulantes sensaciones.
Me recliné y cerré los ojos, sentí como suavemente acariciaba mi cuerpo, sentía sus cosquillas... y de repente, esa risa tonta que no puedes parar, que te causa un agradable dolor en las mandíbulas y un inmenso placer en el alma. El corazón extenuado pide parar, quiere calma y seguir disfrutando lentamente de ese momento.
Le agarré del brazo y le acerqué hasta la habitación, me recosté sobre los suaves almohadones, volví a acercar mis labios a él para sentir de nuevo como invadía mi cuerpo con su ardiente presencia. En ese momento yo estaba totalmente embriagada y mi cuerpo ardientemente desinhibido, cerré los ojos y sólo entonces, me dejé llevar...
Mi cuerpo flotaba y se transportaba a un mundo de mágicas sensaciones, emociones y placeres que toda mi piel demandaba.
Una parte de mi ya se había desprendido totalmente de mi cuerpo, y esa parte, solo esa fue la que vivió el mejor de los momentos. Le acarició las húmedas mejillas, le besó en el cuello y después sus labios se fundieron en uno solo. Los abrazos delicados, los movimientos pausados, las caricias intermitentes y la profunda penetración en el alma, consiguieron que alcanzará la cumbre del éxtasis. Incliné mi cabeza y le ofrecí mi cuello, quería que lo besara, lo mordiera, lo chupara, lamiendo cada gota de sangre que corría por mis venas, toda ella era para él y solo para él.
Era un momento tan especial que no quería que tuviera fin, quería permanecer ahí por toda la eternidad y sentir hasta el infinito ese cúmulo de fantástico estremecimiento, de amor pleno, de pasión...
Abrí los ojos, ya había amanecido, me sentía aturdida y confusa. Miré alrededor de la habitación y él no estaba, me levanté y tropecé con algo... era su carnet de identidad. Necesitaba saber quién había conseguido transportarme insólitamente a ese mundo llamado percepciones y por fin iba a saber quién era él...
"Jack Daniels" nacido en Tennessee
Solo él pudo conseguir que esa noche fuera diferente, especial, sugerente, intensa y placentera. Por eso sé que de nuevo le volveré a ver y a sentir...
Pensaba esparcir un poco del polvo de mis estrellas. De ésas que cada noche inspiran todos mis sueños, luciéndolos, sacando de cada uno de sus vértices agudas sonrisas que me balsean el desaliento hacia la orilla de un quimérico horizonte soleado donde el aire siempre fluye y huele a manantial puro.
Pero parece que el dilatado periodo estival ha dado esquinazo a un adelantado otoño que asoma sus ocres, y ahora, arrecia el desencanto. Hoy veo como gotea la ilusión, envuelta entre la tímida lluvia se va desvaneciendo, y mientras, apura el instante soñado con una última mirada a las manecillas de un reloj atrasado dejando a las espaldas esos minutos que ya solo puntean agujeros en los bolsillos y unos cuantos silencios abotonados en el pecho.
Sí, pensaba escribir, esparcirme y fluir, pero el sol no asoma por la ventana y la luna al parecer vive un profundo duelo.